Dos socios, un horno traído de Nápoles y un local en la calle San Francisco. Lo del nombre tiene explicación. Más o menos.
Año 2019. Brooklyn. Jon trabajaba de camarero en una pizzería de Bushwick con la masa más viva que había visto nunca. Una noche de cierre, después de doce horas, lo entendió: tierra, agua, aire y fuego hacen la masa. Y lo que sale del horno ya no es ninguno de los cuatro. Es otra cosa.
Año 2021. Bilbao. Volvió con dos maletas: una de ropa y otra de ideas. Convenció a Maite, que llevaba diez años haciendo pan de masa madre, y juntos encontraron un local viejo en Bilbao La Vieja con espacio para un horno de cuatro toneladas.
Hoy. El horno vino desmontado desde Nápoles y lo montó un hornero que vino solo para eso. La carta tiene ocho pizzas y no crecerá. La teoría sigue viva. Ahora la cobramos.
450 °C
Cúpula napolitana, leña de haya y una temperatura que no baja en toda la noche. A ese calor la masa sube de golpe y el borde se llena de burbujas.
No es postureo: en un horno eléctrico esa pizza directamente no existe.
Harina, agua, sal y muy poca levadura. 48 horas de frío. Quien pide prisa a una fermentación no ha entendido nada.
Cada pizza nueva es un ingrediente más que puede no estar fresco. La carta corta no es pereza: es control.
No tenemos opción celiaca y lo decimos. Si un día el tomate no sabe a nada, la caprese se cae de la carta. Volverá cuando vuelva el tomate.
Estamos en La Vieja porque queremos estar aquí. Precio de barrio para el barrio: el reparto a Bilbao La Vieja llega antes que a ningún sitio.
Aprendió en Bushwick a no tocar la masa más de lo justo. Habla poco y mira mucho el horno. Sigue defendiendo su teoría a quien se la discuta.
Diez años de masa madre antes de esto. Es la única persona autorizada a cambiar la harina, y solo lo ha hecho una vez. Domina cuatro de los cinco elementos; el fuego es de Jon.
Sin cuotas, sin túnicas. La iniciación es una margherita.
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